No quisiera marcar una tendencia sobre temas escatológicos en el blog, pero como en mi último relato ya aparecía este aspecto tan natural del día a día, creo que es un buen momento para sacarlo a relucir y darle bombo a algo tan importante como el acto de la defecación. La otra opción para hoy era hablar de Alejandro Sanz, pero como iba a oler peor aún vamos a esperar a que diga alguna estupidez de las suyas, que no tardará mucho en hacerlo, y así puede que esto cobre algo de sentido.
A continuación, reproduzco para ilustrar al lector un extracto de la conversación por Messenger que he tenido hace un rato, en línea con lo que suelen ser mis conversaciones dentro y fuera del ordenador, o sea, una charla bastante gilipollesca. Y es que a cuento de algo, ha salido el tema: (algunos nombres son ficticios)
El lento dice: (0:22:46)
es como ir a cagar, no solo hay q ir a cagar cuando te esta tocando ya el calzoncillo
El Usain Bolt del inodoro dice: (0:24:03)
no amigo,te ekivokas muchisimo, pero argumentame eso en cualquier caso porque me interesa
El lento dice: (0:24:22)
yo hay veces,q estoy sin hacer nada, y me voy a cagar. x si voy a salir y tal, prevenir
|| el mar esta fresquibiri y a mi me da gustibiri || dice: (0:26:12)
que diceS?
|| el mar esta fresquibiri y a mi me da gustibiri || dice: (0:26:13)
eso no tio
El lento dice: (0:26:19)
yo si
|| el mar esta fresquibiri y a mi me da gustibiri || dice: (0:26:21)
que estas apretando el ojete gratuitamente
|| el mar esta fresquibiri y a mi me da gustibiri || dice: (0:26:25)
le estas dando de si
El lento dice: (0:26:27)
no no,a mi me sale sin forzar
El lento dice: (0:26:34)
tengo un don
El Usain Bolt del inodoro dice (0:26:43)
ahora ke akabo de kagar voy a ver komo me lo has argumentao. has tenido suerte de ke fuese un korte limpio
El lento dice: (0:27:04)
a mi abuelo le pasa igual que a mi, es genetic
El Usain Bolt del inodoro dice: (0:28:18)
pues yo no se si es genético o no, pero cuando m aburro lo que hago es…
Y hasta aquí puedo leer.
En mis años de existencia, aún no me he cruzado con nadie que no diga que como en el baño de su casa no se caga en ningún sitio. Por eso, muchos se desubican al dejar su inodoro y les cuesta hacer de vientre en otras partes. Evidentemente, “El lento” de la conversación es uno de esos sujetos, pero también de los hacen reflexiones metafísicas sobre el retrete, que rodean la taza con medio kilómetro de papel cuando están fuera de casa y que se sienten especialmente orgullosos cuando culminan el proceso con un corte perfecto.
Los que nos hemos tirado medio verano cagando en los peores retretes de Europa nos hemos acostumbrado ya a proceder rápidamente, de pie y economizando papel. A pesar de ello, tampoco hay que economizar hasta el límite, que luego llega uno a pensar coomo la familia de ingleses que acogió a un amigo y al ver que se duchaba a diario se empeñaban en aleccionarle con que “no es más limpio el que más limpia, si no el que menos ensucia”. De ahí que concluyese que seguramente por eso tenían moqueta en el baño, para no fregar los meaos alrededor del retrete, ser más limpios y conservar la fragancia avinagrada que flotaba en el ambiente.
Así que ya sabéis, ducháos lo que os de la gana pero no me malgastéis el papel. Y sobretodo, que a nadie se le ocurra poner moqueta en el baño ni en ninguna parte. Poned Sintasol, que lo recomienda Usillos y es de lo que más sabe aparte de extraterrestres: "Esto es Sintasol, producto 100% español. Ahora está la moda de la moqueta, pero eso a la larga hace mucha pelusa. En Francia no ponen otra cosa, y así está Francia, llena de bolitas".
martes, 15 de septiembre de 2009
domingo, 6 de septiembre de 2009
Cómo empezar mal un día
La última vez que miré el reloj antes de dormirme creo que eran las 6:45, así que cuando suena el despertador lo apago sin pensármelo dos veces.
Abro el ojo y son las 14:07. Doy un salto mortal que ni David Summers para hacerse unos huevos fritos pero paso de volteretas porque el examen es a las 15:00 y tardo una hora en llegar a la facultad. Como mi reloj va diez minutos adelantado considero que tengo margen para no salir corriendo en calzoncillos, así que me visto y calzo lo más rápido que puedo.
Tengo dos asignaturas para septiembre y no llegar al examen para una de ellas supone una cagada y pagar otra matrícula, con lo que estoy un poco nervioso. La sudada que me he cogido durmiendo es de campeonato y ayer no pasé por la ducha pese a oler a garito y sudor, con lo que noto que desprendo un aroma a cuadra considerable. Además, el haber babado desproporcionadamente el cojín que aguanta mi cabeza durante la noche hace que mi cara entera huela a saliva reseca, una de mis fragancias favoritas para vomitar. Otro punto negativo es que tengo al perro asomando el hocico desde que he saltado de la cama y acabo de asumir que voy a estar cagándome todo el examen, cosa que me hace una ilusión bárbara.
Tras emplear mi minuto de sobra en lavarme los dientes y la cara meto los apuntes en la mochila con la esperanza de poder estudiar en el autobús la materia que debía haberme empollado por la mañana. Pero al ir hacia la puerta en busca de las llaves me percato de que no tengo dinero para pagarme el autobús y lo de ir al cajero se me va de tiempo. Además, los malditos buseros no dan cambio de diez euros y el cajero no suelta menos que un billete rojo.
Mi hermano está trabajando y mi hermana se ha llevado el coche, así que la llamo para ver si tiene algo de dinero por casa. Me cuelga y noto como el perro se impacienta. Me vuelve a colgar y a la tercera coge el teléfono:
- ¿Qué te pasa?
- Oye, dime que tienes algo de dinero por casa porque llego tarde al examen y no tengo un puto duro para ir hasta Fuenlabrada.
- ¿Qué?
- Joder, pues eso, que si tienes algo suelto en casa.
- Marcos… ¿Te han puesto un examen en domingo?
(silencio y repaso mental del calendario)
- Mmmmmmm… no. Esto… los domingos nunca ponen exámenes pero ayer me dormí tarde y me he levantado algo sobresaltado…
- Pues acuéstate otro rato idiota. He dejado hechos macarrones…
Cuando cuelgo, mi hermano abre la puerta de su habitación y a la que se despereza me pregunta dónde fui ayer por la noche. Mi cara de trasnochado debe reflejar una actividad nocturna bastante movida, así que le contesto: “No, no salí. Vi el partido en casa”. Después, cierro la puerta de mi cuarto y me tumbo en la cama, pero no puedo volver a dormirme porque, entre otras cosas, me sigo cagando vivo.
Abro el ojo y son las 14:07. Doy un salto mortal que ni David Summers para hacerse unos huevos fritos pero paso de volteretas porque el examen es a las 15:00 y tardo una hora en llegar a la facultad. Como mi reloj va diez minutos adelantado considero que tengo margen para no salir corriendo en calzoncillos, así que me visto y calzo lo más rápido que puedo.
Tengo dos asignaturas para septiembre y no llegar al examen para una de ellas supone una cagada y pagar otra matrícula, con lo que estoy un poco nervioso. La sudada que me he cogido durmiendo es de campeonato y ayer no pasé por la ducha pese a oler a garito y sudor, con lo que noto que desprendo un aroma a cuadra considerable. Además, el haber babado desproporcionadamente el cojín que aguanta mi cabeza durante la noche hace que mi cara entera huela a saliva reseca, una de mis fragancias favoritas para vomitar. Otro punto negativo es que tengo al perro asomando el hocico desde que he saltado de la cama y acabo de asumir que voy a estar cagándome todo el examen, cosa que me hace una ilusión bárbara.
Tras emplear mi minuto de sobra en lavarme los dientes y la cara meto los apuntes en la mochila con la esperanza de poder estudiar en el autobús la materia que debía haberme empollado por la mañana. Pero al ir hacia la puerta en busca de las llaves me percato de que no tengo dinero para pagarme el autobús y lo de ir al cajero se me va de tiempo. Además, los malditos buseros no dan cambio de diez euros y el cajero no suelta menos que un billete rojo.
Mi hermano está trabajando y mi hermana se ha llevado el coche, así que la llamo para ver si tiene algo de dinero por casa. Me cuelga y noto como el perro se impacienta. Me vuelve a colgar y a la tercera coge el teléfono:
- ¿Qué te pasa?
- Oye, dime que tienes algo de dinero por casa porque llego tarde al examen y no tengo un puto duro para ir hasta Fuenlabrada.
- ¿Qué?
- Joder, pues eso, que si tienes algo suelto en casa.
- Marcos… ¿Te han puesto un examen en domingo?
(silencio y repaso mental del calendario)
- Mmmmmmm… no. Esto… los domingos nunca ponen exámenes pero ayer me dormí tarde y me he levantado algo sobresaltado…
- Pues acuéstate otro rato idiota. He dejado hechos macarrones…
Cuando cuelgo, mi hermano abre la puerta de su habitación y a la que se despereza me pregunta dónde fui ayer por la noche. Mi cara de trasnochado debe reflejar una actividad nocturna bastante movida, así que le contesto: “No, no salí. Vi el partido en casa”. Después, cierro la puerta de mi cuarto y me tumbo en la cama, pero no puedo volver a dormirme porque, entre otras cosas, me sigo cagando vivo.
sábado, 5 de septiembre de 2009
Los chinos
Son ya muchas las voces que me han advertido sobre los riesgos que implica la degustación de los espaquetis que los chinos venden en la Gran Vía madrileña. Sin embargo, como para mí el mayor riesgo siempre ha sido levantarme con un agujero en el estómago por haberme acostado con la tripa vacía tras beberme varios litros de cerveza, asumo sin cargo de conciencia alguno la posible falta de higiene en la elaboración de la pasta. De todas formas, nunca me he encontrado ningún pelo ni elementos extraños, cosa que en catorce años de comedor colegial era habitual, y más aún en mi etapa con las monjas alopécicas de León.
Los chinos me caen bien. Con esos ojillos medio cerrados parece que siempre están riendo y cuando se enfadan también me resultan muy graciosos. Son una gente muy trabajadora y siempre te dicen "gasia" cuando les compras. También son bastante inteligentes y aprenden nuestra lengua a una gran velocidad, además de tener una paciencia increíble para enseñarte idiomas. Sin embargo, como yo soy incapaz de pronunciar cerveza en chino, siempre les pido una "sevesa", como ellos dicen. Esto es porque creo que en la relación con el extranjero hay que ser justo, y ya que ellos se esfuerzan en aprender nuestro idioma al menos nosotros deberíamos hablarles poniendo su acento para entendernos mejor. El intercambio cultural es así mucho más enriquecedor.
Los chinos, como decía, también tienen mucha paciencia. Da igual que sean coreanos o vietnamitas porque tu dices "¡chino!" y el tío siempre se da la vuelta para venderte lo que lleve encima. Habría que vernos a nosotros si nos llamasen franceses... Además, asumen que a ojos occidentales son clones y nunca te abandonan. Si lo hacen, todos sabemos que son fácilmente sustituíbles por ser tan parecidos. A mí, en concreto, me da igual uno que otro, pero como en todo hay quien tiene sus preferencias y mi hermano siempre anda por ahí mosca si se le pierde la china, aunque yo nunca haya visto a ninguna por casa (aplause).
Hace unas semanas comprobé también que los chinos son muy respetuosos con la cultura del sitio donde se instalan. Iba por Málaga y sabía que por la noche necesitaríamos hielo, así que cuando pregunté a un chinorri la hora de cierre de su local él se giró sonriente y me contestó: "A lah onse y media". Perplejo me quedé tras oir aquel curtido acento malagueño.
Otra forma de adaptación cultural es que como los chinos saben que sus nombres son prácticamente impronunciables están dispuestos a españolizarlos. Por ejemplo, la china que ayer me vendía las cervezas mientras hacía cola en el garito me dijo que podía llamarla Cristina. Esto personaliza mucho la relación comercial, así que al final acabé llamando Cristina a todo chino con pelo largo que pasaba por allí porque todos me parecían ella. A pesar de no ser Cristina, siempre se daban la vuelta para venderme birra.
Los chinos viven un montón de años, son muy artistas y saben hacer de todo. Yo no suelo dejar que me den masajes, pero al parecer son mano de santo. Me han dicho también que algunas chinas por diez euros más, incluso hacen unos masajes mágicos en la pelvis que te dejan nuevo. Y es que las técnicas orientales siempre fueron mucho mejor que las nuestras, así que estoy pensando que además de alimentarme con su comida voy a tener que probar alguna de estas terapias. Quién sabe, puede que así recupere los años de vida que me quita la cerveza.
Abren sus tiendas hasta bien entrada la noche y se pasan las restricciones gallardonianas de venta de alcohol por el forro. Son tremendamente educados y nunca se equivocan con el cambio ni te la intentan dar con queso como hacen los del kebab. Por tanto, no dejéis de bajar al chino para esas pequeñas emergencias porque son gente de puta madre y en pocos metros cuadrados encuentras cualquier cosa.
Y si queréis un plato italiano en la madrugada madrileña, prometo que los mejores tallarines están en Gran Vía esquina con la Calle Valverde. Animáos, porque por sólo dos euros el vómito sale con mucha más consistencia y te echan tomate hasta que puedas bucear para encontrar la carne picada. Eso sí, no os preguntéis desde cuándo Solán de Cabras se dedica a la fabricación de tal salsa.
Los chinos me caen bien. Con esos ojillos medio cerrados parece que siempre están riendo y cuando se enfadan también me resultan muy graciosos. Son una gente muy trabajadora y siempre te dicen "gasia" cuando les compras. También son bastante inteligentes y aprenden nuestra lengua a una gran velocidad, además de tener una paciencia increíble para enseñarte idiomas. Sin embargo, como yo soy incapaz de pronunciar cerveza en chino, siempre les pido una "sevesa", como ellos dicen. Esto es porque creo que en la relación con el extranjero hay que ser justo, y ya que ellos se esfuerzan en aprender nuestro idioma al menos nosotros deberíamos hablarles poniendo su acento para entendernos mejor. El intercambio cultural es así mucho más enriquecedor.
Los chinos, como decía, también tienen mucha paciencia. Da igual que sean coreanos o vietnamitas porque tu dices "¡chino!" y el tío siempre se da la vuelta para venderte lo que lleve encima. Habría que vernos a nosotros si nos llamasen franceses... Además, asumen que a ojos occidentales son clones y nunca te abandonan. Si lo hacen, todos sabemos que son fácilmente sustituíbles por ser tan parecidos. A mí, en concreto, me da igual uno que otro, pero como en todo hay quien tiene sus preferencias y mi hermano siempre anda por ahí mosca si se le pierde la china, aunque yo nunca haya visto a ninguna por casa (aplause).
Hace unas semanas comprobé también que los chinos son muy respetuosos con la cultura del sitio donde se instalan. Iba por Málaga y sabía que por la noche necesitaríamos hielo, así que cuando pregunté a un chinorri la hora de cierre de su local él se giró sonriente y me contestó: "A lah onse y media". Perplejo me quedé tras oir aquel curtido acento malagueño.
Otra forma de adaptación cultural es que como los chinos saben que sus nombres son prácticamente impronunciables están dispuestos a españolizarlos. Por ejemplo, la china que ayer me vendía las cervezas mientras hacía cola en el garito me dijo que podía llamarla Cristina. Esto personaliza mucho la relación comercial, así que al final acabé llamando Cristina a todo chino con pelo largo que pasaba por allí porque todos me parecían ella. A pesar de no ser Cristina, siempre se daban la vuelta para venderme birra.
Los chinos viven un montón de años, son muy artistas y saben hacer de todo. Yo no suelo dejar que me den masajes, pero al parecer son mano de santo. Me han dicho también que algunas chinas por diez euros más, incluso hacen unos masajes mágicos en la pelvis que te dejan nuevo. Y es que las técnicas orientales siempre fueron mucho mejor que las nuestras, así que estoy pensando que además de alimentarme con su comida voy a tener que probar alguna de estas terapias. Quién sabe, puede que así recupere los años de vida que me quita la cerveza.
Abren sus tiendas hasta bien entrada la noche y se pasan las restricciones gallardonianas de venta de alcohol por el forro. Son tremendamente educados y nunca se equivocan con el cambio ni te la intentan dar con queso como hacen los del kebab. Por tanto, no dejéis de bajar al chino para esas pequeñas emergencias porque son gente de puta madre y en pocos metros cuadrados encuentras cualquier cosa.
Y si queréis un plato italiano en la madrugada madrileña, prometo que los mejores tallarines están en Gran Vía esquina con la Calle Valverde. Animáos, porque por sólo dos euros el vómito sale con mucha más consistencia y te echan tomate hasta que puedas bucear para encontrar la carne picada. Eso sí, no os preguntéis desde cuándo Solán de Cabras se dedica a la fabricación de tal salsa.
jueves, 3 de septiembre de 2009
Dani B., un caso
“Le molan las obras y los camiones. Según afirma desde hace años (desde que aprendió a hablar), comer y la siesta son sus dos grandes pasiones”.
Han pasado ya casi cuatro veranos desde que escribí estas líneas. Daniel B. tiene hoy catorce años, mide alrededor de 1,80 metros y debe de pesar en torno a los cien kilos. Calzará un 46 de pie y las gafas que le pusieron hace un par de años empiezan a quedarle pequeñas debido a que su voluminoso rostro de devorador de “Jumpers” no para de crecer. No sé si este año vuelve a repetir curso, pero creo recordar que hace poco me dijo que su objetivo era graduarse con la Garantía Social y, a partir de ahí, volar. En cualquier caso, su aventura laboral tendrá de esperar porque cada vez veo más borroso el futuro de esta perla.
La última vez que supe de Dani fue hace un par de semanas durante una calurosa tarde de domingo. El sol castigaba las espaldas lechosas de la meseta norte como pocas veces lo hace y el cemento del borde de la piscina hacía las veces de “Lo Monaco”. La voz de pito de Dani se dejaba oir detrás del socorrista y atónito me incorporé para comprobar como, por primera vez, alguien conseguía eclipsar la fornida figura de Dani (aunque fuese con una perspectiva de diez metros de distancia).
Como son muchos años y uno ya se conoce a la cuadrilla, me acabé levantando para ver con qué me sorprendían Dani y cía. Así pues, me fijé y ahí estaba con su chándal, cociendo a fuego lento y tirado debajo de una sombrilla que apenas le abarcaba, con dos de sus secuaces, de nombres Paco (Pacaldo) y Damiánidas. Los tres pasaban la tarde con unos refrescos, algo normal debido a que el sol pegaba de lo lindo y los chavales tienen derecho a pasar el rato, pero no dejé de sorprenderme cuando vi asomar la botella de Ballantines vertiendo whisky sin piedad en uno de los minis que se estaban clavando. Y pensé que no pasaba nada, ya que Dani nunca fue un prototipo de vida sana, pero cuando se encendió el tercer cigarrillo en diez minutos comencé a plantearme que el chaval le tiene cada vez menos aprecio a su físico. Quizá tenga bastante mérito haber cumplido los catorce con su currículum.
Durante otros periodos estivales lo normal a estas alturas era que Dani estuviese salpicándonos mientras recibía amenazas y algún que otro insulto, pero este verano no hemos podido disfrutar de sus tersos pechos empapados (ya los quisieran muchas y muchos) debido a un percance que sufrió hace semanas. Al parecer, la grava del camino le jugó una mala pasada y Dani y el quad se fueron cada uno por su lado. Total, fractura de húmero y el brazo escayolado todo el verano desde el hombro hasta la muñeca.
Después de esto, lo normal hubiese sido un poco de reposo, pero Dani no parece haberse privado de aventuras como un discapacitado más, así que ha disfrutado del verano a tope. De hecho, la penúltima vez que le vi iba conduciendo una moto a unos 90 km/h sin casco y saludando al personal con su brazo empastado.
Tras estas vivencias, me he empezado a plantear que después de haber abandonado las litronas invernales, Dani empieza a autodestruirse de forma seria y planificada como un profesional. Los camiones han desaparecido de la gravera y la siesta ha sido sustituída por borracheras de sobremesa, así que los de la Garantía Social deberían ir planteándose lo de guardarle el sitio porque, de seguir por este camino, el chaval no llega.
Sin embargo, a veces un halo de esperanza viene a mí y pienso que probablemente se acabe enderezando, que vivir tan rápido le hará tranquilizarse y que el chico dejará de autodestruirse cuando se lleve algún susto, como le pasa a todo el mundo. Pero reflexionándolo detenidamente, no tardo mucho en darme cuenta de que a lo largo de mi vida he comprobado cómo Dani no aprende de los golpes y que es probable que aún se lleve unos cuantos más (de todo tipo). De hecho, pienso esto ahora mismo recordando que la penúltima que vez que le vi no fue encima de una moto saludando, sino en una cancha diciéndo que iba a partirme la boca por no dejarle jugar a fútbol. Ni a él ni a su brazo de escayola.
Han pasado ya casi cuatro veranos desde que escribí estas líneas. Daniel B. tiene hoy catorce años, mide alrededor de 1,80 metros y debe de pesar en torno a los cien kilos. Calzará un 46 de pie y las gafas que le pusieron hace un par de años empiezan a quedarle pequeñas debido a que su voluminoso rostro de devorador de “Jumpers” no para de crecer. No sé si este año vuelve a repetir curso, pero creo recordar que hace poco me dijo que su objetivo era graduarse con la Garantía Social y, a partir de ahí, volar. En cualquier caso, su aventura laboral tendrá de esperar porque cada vez veo más borroso el futuro de esta perla.
La última vez que supe de Dani fue hace un par de semanas durante una calurosa tarde de domingo. El sol castigaba las espaldas lechosas de la meseta norte como pocas veces lo hace y el cemento del borde de la piscina hacía las veces de “Lo Monaco”. La voz de pito de Dani se dejaba oir detrás del socorrista y atónito me incorporé para comprobar como, por primera vez, alguien conseguía eclipsar la fornida figura de Dani (aunque fuese con una perspectiva de diez metros de distancia).
Como son muchos años y uno ya se conoce a la cuadrilla, me acabé levantando para ver con qué me sorprendían Dani y cía. Así pues, me fijé y ahí estaba con su chándal, cociendo a fuego lento y tirado debajo de una sombrilla que apenas le abarcaba, con dos de sus secuaces, de nombres Paco (Pacaldo) y Damiánidas. Los tres pasaban la tarde con unos refrescos, algo normal debido a que el sol pegaba de lo lindo y los chavales tienen derecho a pasar el rato, pero no dejé de sorprenderme cuando vi asomar la botella de Ballantines vertiendo whisky sin piedad en uno de los minis que se estaban clavando. Y pensé que no pasaba nada, ya que Dani nunca fue un prototipo de vida sana, pero cuando se encendió el tercer cigarrillo en diez minutos comencé a plantearme que el chaval le tiene cada vez menos aprecio a su físico. Quizá tenga bastante mérito haber cumplido los catorce con su currículum.
Durante otros periodos estivales lo normal a estas alturas era que Dani estuviese salpicándonos mientras recibía amenazas y algún que otro insulto, pero este verano no hemos podido disfrutar de sus tersos pechos empapados (ya los quisieran muchas y muchos) debido a un percance que sufrió hace semanas. Al parecer, la grava del camino le jugó una mala pasada y Dani y el quad se fueron cada uno por su lado. Total, fractura de húmero y el brazo escayolado todo el verano desde el hombro hasta la muñeca.
Después de esto, lo normal hubiese sido un poco de reposo, pero Dani no parece haberse privado de aventuras como un discapacitado más, así que ha disfrutado del verano a tope. De hecho, la penúltima vez que le vi iba conduciendo una moto a unos 90 km/h sin casco y saludando al personal con su brazo empastado.
Tras estas vivencias, me he empezado a plantear que después de haber abandonado las litronas invernales, Dani empieza a autodestruirse de forma seria y planificada como un profesional. Los camiones han desaparecido de la gravera y la siesta ha sido sustituída por borracheras de sobremesa, así que los de la Garantía Social deberían ir planteándose lo de guardarle el sitio porque, de seguir por este camino, el chaval no llega.
Sin embargo, a veces un halo de esperanza viene a mí y pienso que probablemente se acabe enderezando, que vivir tan rápido le hará tranquilizarse y que el chico dejará de autodestruirse cuando se lleve algún susto, como le pasa a todo el mundo. Pero reflexionándolo detenidamente, no tardo mucho en darme cuenta de que a lo largo de mi vida he comprobado cómo Dani no aprende de los golpes y que es probable que aún se lleve unos cuantos más (de todo tipo). De hecho, pienso esto ahora mismo recordando que la penúltima que vez que le vi no fue encima de una moto saludando, sino en una cancha diciéndo que iba a partirme la boca por no dejarle jugar a fútbol. Ni a él ni a su brazo de escayola.
domingo, 23 de agosto de 2009
"Ah, pero... ¿Esos dos no se habían separado?"

Por mucho que oiga a la gente decir que ser famoso sería una mierda siempre acabas cazando a cualquier bocazas en algún renuncio. Los típicos: “Si fuese famoso me colaría en la fila” o “si fuese famoso me invitarían y no pagaría la cuenta…” bastan para descubrir el ansia de ser pópular (hay que leerlo con acento inglés, que gana mucho). Además, a la gente se le pondría dura cuando el cocinero saliese de su cueva a saludar para echarse una foto y así ponerla en la pared junto a la que aparece con Angel Cristo jartao a comer.
Y como son pocos los que realmente desean permanecer en el más inmundo anonimato, me voy a permitir ilustrar a los lectores con un ejemplo bastante vulgar y reforzar así su posición en el tema.
Andaba yo por Málaga con un trasnoche importante después de tres días a base de litros y litros de Sandevid. El albergue “Málaga Backpackers” había tenido la gentileza de despedirnos a las once de la mañana, por lo que no llegaba a las tres horas el sueño con que habíamos cerrado la feria tras haber caminado unos cuantos kilómetros de vuelta a casa gracias a la gran organización del ayuntamiento de la ciudad. El calor y la humedad a mediados de agosto hacían que la escocedura playera y la muela saliente que desgarraba mi encía se uniesen a la resaca en un cocktail perfecto de “quiero irme a mi puta casa”. Sin embargo, hasta las seis de la tarde no cogíamos el AVE y la espera se presentaba apasionante.
Después de beberme del trago dos batidos de chocolate en un intento infructuoso de recuperar el color de mi desencajado rostro, nos despedimos del camarero más idiota que recuerdo rumbo a la estación para ir eligiendo el lugar en el que comeríamos. Debido a que la estación María Zambrano cuenta con un centro comercial (el único lugar donde han acabado las obras en Málaga), el debate tuvo lugar en la terraza de los 100 montaditos, cuyas sillas sin respaldo complicaban bastante la siesta que tenía pensado echarme mientras se decidían los asuntos pendientes. Al final, un clásico: pastaca.
La comida italiana al gusto hacía que las combinaciones brotasen imposibles y los estómagos temblaban mientras los seis sujetos resacosos engullíamos sin piedad. El pesto castigaba los alientos y el gazpacho nos deleitaba hasta que sucedió lo que nadie esperaba. De pronto, un ángel de pelo tintado hizo su aparición. Sí, era él, el gran centrocampista del Real Madrid, la eterna promesa, el tío que ostenta el difícil récord de ser el más tonto de la plantilla madridista durante más de diez temporadas: Don José María Gutierrez, conocido universalmente como "Gootee". Además, “La Nancy” venía acompañada por su excelentísima mujer Doña Arancha de Benito y los dos retoños fruto de su amor, que en esta ocasión pasaban bastante desapercibidos por no lucir un tomate que tapase sus rostros.
Parecía que Guti y su rebeca de lana evitaban el sofoco, andando despacito y con un contoneo digno de cualquier chulo playero que se precie. Lo tranquilo que paseaba nos descolocaba, pero mientras nos decidíamos sobre si preguntar al futbolista si Arancha y él estaban juntos definitivamente (algo que a la postre hubiese sido bastante útil), una avalancha de malagueños desquiciados abarcó a Guti Haz, desencadenando la típica ola de fotografías y peloteo.
Chemita posaba y sus niños se desperdigaban. Su mujer pasaba de los zagales y se notaba que se moría de celos porque a ella no acudía ni la mitad de los fans que asediaban a su marido/novio/expareja o lo que quiera dios que sea. Un expectáculo previsible, vaya.
El caso es que toda la vida he dicho que Guti me parece un tipo bastante subnormal. Probablemente me lo vuelva a demostrar en cuanto le vea abrir la boca, pero en esta ocasión tengo que reconocer que el chaval se portó. Aguantó el temporal como un campeón sin una mala cara y de este modo, tras una larga sesión de retratitos pudo abandonar a la carrera el lugar y refugiarse donde nadie pudiera darle el coñazo, supongo.
Cuando el temporal pasó y nuestra curiosidad había vuelto al plato, casi todos concluimos que ser famoso es una basura si pretendes salir tranquilamente con tus hijos a comer, emborracharte en un bar o enseñar el pito en la playa. Guti estará forrao y es posible que hasta le encante toda esta mierda, pero yo no estoy nada mal arrastrando mi resaca por Málaga sin que ningún "cani" se quiera tirar fotos conmigo.
Sobre si Arancha y Guti, sujetos en los que uno tiene que fijarse bien para no confundir al uno con el otro, están juntos o no, no tengo ni idea. Todo el mundo me lo pregunta cuando cuento la historia y apostaría porque ni ellos mismos lo saben. Por eso, sigo sin poder responder con certeza a la pregunta más frecuente y estúpida que me hacen últimamente.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Estadi "Dani Jarque"¿?
A mí esto de que ahora los del Espanyol quieran ponerle el nombre de Daniel Jarque a su nuevo estadio me parece una soberana gilipollez.
Vamos a ver, Jarque acababa de empezar como capitán y to lo que tu quieras, pero coño, que Jarque no fue Maradona. Seguramente Raúl Tamudo y alguno más que no sea de mi quinta le ha dado al Espanyol futbolísticamente mucho más que Jarque. Dani Jarque ha muerto y nadie se alegra, pero no creo que la muerte sea un mérito para bautizar con su nombre al campo.
Si no saben que nombre ponerle al estadio que lo llamen campo nuevo y a tomar por culo. Seguro que a Juan Lapuerta no le importa y con el tiempo la gente se acaba acostumbrando a un nombre tan soso. Y si no, pos que digan nuevo campo y a correr.
Vamos a ver, Jarque acababa de empezar como capitán y to lo que tu quieras, pero coño, que Jarque no fue Maradona. Seguramente Raúl Tamudo y alguno más que no sea de mi quinta le ha dado al Espanyol futbolísticamente mucho más que Jarque. Dani Jarque ha muerto y nadie se alegra, pero no creo que la muerte sea un mérito para bautizar con su nombre al campo.
Si no saben que nombre ponerle al estadio que lo llamen campo nuevo y a tomar por culo. Seguro que a Juan Lapuerta no le importa y con el tiempo la gente se acaba acostumbrando a un nombre tan soso. Y si no, pos que digan nuevo campo y a correr.
martes, 11 de agosto de 2009
Un año más: El anti-aseo en Ribadesella
Creo que con el último párrafo de mi relato sobre Ribadesella 2009 ya se puede hacer uno a la idea de lo que ha sido el fin de semana. Ahí lo dejo…
"Sin embargo, la buena compañía y el alcohol hacen que te adaptes a cualquier situación y por muy asquerosa que resulte, olvidamos nuestras penurias higiénicas como pudimos a base de cerveza, mus y playa. Adherido a mi camiseta naranja para pasar el día, salir de fiesta y dormir, he pasado un fin de semana bastante decente. Este año me he lavado los dientes mucho más que el año pasado, pero lo de haber ido a cagar a esos baños cerca de 10 veces en tres días en chanclas y con los pies llenos de heridas me hace pensar que vuelvo a llevar algo dentro de mí que no tardará en tenerme a base de pastillas otro invierno."
"Sin embargo, la buena compañía y el alcohol hacen que te adaptes a cualquier situación y por muy asquerosa que resulte, olvidamos nuestras penurias higiénicas como pudimos a base de cerveza, mus y playa. Adherido a mi camiseta naranja para pasar el día, salir de fiesta y dormir, he pasado un fin de semana bastante decente. Este año me he lavado los dientes mucho más que el año pasado, pero lo de haber ido a cagar a esos baños cerca de 10 veces en tres días en chanclas y con los pies llenos de heridas me hace pensar que vuelvo a llevar algo dentro de mí que no tardará en tenerme a base de pastillas otro invierno."
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