jueves, 23 de septiembre de 2010

Pelaya y Covadongo, un amor maloliente

Pelaya Caleya se crió en el mismo pueblo donde los Flowers veraneaban hasta que el lugar empezó a oler a pis. Su padre, Pelayu, había decidido retirarse del piragüismo tras haber sido acusado de tongo en su última carrera por un tema de kamikacismo contra el aspirante, que le pisaba los talones a unos metros de la meta en Ribademierda. La muerte del hombre bala había impedido que los hechos se aclarasen y Pelayu había tenido que tirar con su ya no tan excelente reputación hasta la frontera en Ribadeo, Lugo, donde sin cambiar mucho de aires podría tener el retiro dorado con el que siempre soñó.

Pelaya había nacido resultado de un mertesacker fortuito de Pelayu con una admiradora conquistada una noche de las fiestas patronales en la cola del pulpo. Tal y como hiciera años después Cristiano Ronaldo, el señor Caleya había decidido pagar a la muchacha un dinerillo para mantenerla en el anonimato, librándose de ella y asumiendo la educación de su hija como un single responsable en familia monoparental.

Pero la adaptación de Pelaya a Ribadeo no fue precisamente un camino de rosas. La chica era zurda cerrada y el hecho de que se confundiese contínuamente haciendo la señal de la cruz le hizo repetir catequesis hasta los diecisiete años. Esto le alejó bastante de la fauna contemporánea y además, no acababa de cogerle el tranquillo a la gaita. Por este motivo, el cura del pueblo, un sacerdote moderno muy implicado en que los niños desarrollasen habilidades manuales, se empeñó en que la chiquilla practicase con el instrumento después de catequesis hasta que dejó de repetir curso. El puso la teoría y el material hasta que un día la niña se emocionó con el fa, marcó la gaita con los dientes y el cura decidió darle su primera oblea con la mano derecha.

Visto que la muchacha no apuntaba maneras de monja, Pelayu andaba mosqueado porque no le hacía ilusión que la niña se echase precozmente un novio gallego. Siempre había desconfiado de esta clase de occidentales y además le daba miedo que el tipo no continuase la saga asturiana negándose a llamar a su nieto Pelayo.

La situación era complicada y para tener vigilada a Pelaya, Caleya Senior intentó aficionarla a sus hobbies con el objetivo estar unidos, pero la chica se pudría pescando y empezó a llevársela a Rinlo a la captura furtiva de percebes. El caso es que aunque al principio Pelaya no le ponía mucho ímpetu, poco a poco los dos fueron descubriendo que la gran destreza que la chica había desarrollado con sus manos después de pasarse media vida en poscatequesis, venía fenomenal para limpiar la zona de bichos. Al final de cada jornada, una vez capturado el botín, su padre le hacía esconderse el género bajo la ropa interior para escapar de los percebeiros oficiales, con muy mala hostia y un acento así como entre asturiano y portugués muy jodido de entender.

Padre e hija pasaron así de unidos una temporada larga, pero el hecho de que la chica no tuviese ningún amigo hacía que su padre se sintiese un poco corrupto. Veía como las chiquillas del pueblo se refregaban con futuros traficantes de droga y como tampoco quería que a la muchacha se le acabase pasando el arroz, empezó a abrir la mano. Meses después, la chica ya había hecho pandilla y tenía algo de vida alejada de su padre. Sin embargo, no sabía si porque no dominaba el idioma o porque tocaba la gaita con demasiada intensidad, la muchacha no acertaba a arrejuntarse con ningún mozo de la zona, por lo que acabó quedándose sola de nuevo.

Fue entonces cuando Pelayu decidió encarar la situación y hablar a cara de perro con su hija. Era evidente que algo en todo este asunto olía mal, y sus sospechas se confirmaron cuando la muchacha le explicó que sus pretendientes siempre terminaban huyendo de ella en el momento en que pasaban de los primeros acordes de la gaita al exploramiento genital recíproco. Al parecer, el fuerte olor que desprendía Pelaya después de años utilizando sus bajos como almacén de marisco, espantaba a cualquier ser vivo con un mínimo de olfato que pudiese intoxicarse con la lonja caduca que la chica llevaba en la entrepierna.

Y así pasaron años hasta que una tarde bastante fea, Pelaya conoció a un tipo igual de feo y asturiano llamado Covadongo Otero. A su madre, Covadonga, se le había puesto en los huevos continuar la saga familiar del mismo modo que a los Caleya y había bautizado a su hijo con un nombre que no le traería pocas tollinas cada vez que el maestro pasaba lista. Covadongo tampoco había sido nunca el más listo de la clase, escupía bastante al hablar y mostraba poca destreza vocalizando, sobre todo con las emes y las enes, que se le atragantaban especialmente. Sin embargo, era muy cariñoso y las vegetaciones que tenía en las fosas nasales hacían que hasta la flatulencia sufrida por Pelayu Caleya, fruto de machacar su estómago a base de nostálgica fabada un día sí y un día no, le pasase desapercibida.

La cosa fue a más y los dos marginales terminaron pasando por el altar en una iglesia asturiana perdida en el monte que años después adquiriría en subasta Woody Allen, un enamorado de la tierra. Con su olor a pescado muerto, la pareja pasó un tiempo feliz hasta que llegó el momento de alumbrar al primer heredero de la dinastía Otero-Caleya. Covadongo o Pelayo, era la cuestión.

Al final ninguna de las partes cedió y acordaron llamar al niño David, un nombre de moda por aquel entonces y que la pareja asociaba a sus ídolos musicales, Bowie y Summers. Añadir que el parto fue sencillo para la madre, pero la mitad de la plantilla médica que la atendió cayo desmayada por la peste que salía de aquella fosa genital y Covadongo se agarró una llorera de espanto, no tanto por la emoción sino porque sus ojos no pudieron permanecer inmunes en el paritorio ante tal hedor nuclear.

Por tanto, debido a las circunstancias que rodearon el alumbramiendo, es evidente que el niño no salió oliendo a Sport Man. El chaval cantaba a trucha muerta que tiraba para atrás y aunque le tuvieron flotando en una bañera llena de jabón Magno con friegas constantes durante mes y medio no hubo nada que hacer. David fue creciendo acompañado por su amigo mocoso Ebilio mientras en el pueblo se le empezó a conocer como "el pescao".

Al final el chaval salió medio sano y rechazó aficionarse a la gaita como le recomendó su madre, prefiriendo la guitarra. Ejerció la maniobra del feo de moda dejándose el pelo largo y barba a lo Santi Millán para que nadie pudiese verle el careto y montó un grupo de música con un primo suyo bastante gilipollas, que al igual que su padre tenía problemas de pronunciación y era un pregordo chulesco madrileño.

Tuvieron mucho éxito y aún suenan bastante en los 40 Principales. Hace poco "El pescao" ha sacado disco en solitario en una vuelta a sus orígenes que le ha hecho retomar el nombre que le hizo ser el tipo más apestado de su pueblo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

El pavo real

Hoy es domingo y me he levantado casi a las dos de la tarde. Como haga lo que haga no me voy a dormir antes de las tres, mirar fotos del Facebook para ver lo bien que se lo ha pasado la gente el finde era una solución razonable hasta que me he encontrado esto:


El Pavo Real es una práctica que podía haber descrito con palabras en cualquier otro capítulo de Guarrerías a Priori, pero entiendo que la imagen tiene un poder de impacto mayor que un discurso con instrucciones sobre cómo llevarlo a cabo.

No voy a escribir más porque se me está poniendo mal cuerpo. Feliz vuelta al cole.

martes, 31 de agosto de 2010

Monopoli existe

Sólo unos minutos después de haber escrito con la ilusión digna de un gran descubrimiento la anterior entrada, Mierdeces, una compañera del trabajo natural de El Ferrol a la que tarde o temprano acabaré descubriendo algún vínculo con Francisco F., arrojó luz sobre el misterio y con su acento llorón me dijo que si aumentaba de nuevo la imagen vería que Monopoli existe.

En ese momento en que echaba por la borda toda una rigurosa investigación, vino a mi mente una frase que recién ingresado en la universidad cuajó un gran éxito entre el selecto grupo de intelectuales que al final nos hemos acabado haciendo amigotes: "Vete a recoger mierda".

El que quiera una ciudad autónoma, enana y empastada en Italia tendrá que seguir conformándose con el Vaticano.

viernes, 27 de agosto de 2010

Monopoli, la ciudad fantasma


Seguramente fruto de mi incultura, la resaca y los macarrones del Mercadona que me acabo de clavar aburridísimo en el escritorio del trabajo, he descubierto un lugar llamado Monopoli y me ha hecho un poco de gracia. Muy poco, pero bueno, algo.

El caso es que le he dado a aumentar la imagen para echarle un ojo de cerca y este municipio italiano con pinta de paraiso fiscal desaparece.

Malditos italianos. Esto no huele nada bien.

En esta imagen podemos observar la gran destreza con la que me muevo en el terreno del diseño gráfico. Todo un virtuoso.

martes, 24 de agosto de 2010

Las vacaciones con Chencho

Chencho es un solete de hombre. Este verano ha querido dedicar sus vacaciones a cuidar de dos semiadultos retrasados y se los ha llevado a Alemania, el país de la cerveza y las salchichas. Todos han quedado muy satisfechos con el viaje y en principio no deberían sufrir más efectos secundarios de los que ya arrastran. Cuando vuelvan al cole contarán a sus compañeros lo bien que lo pasaron compartiendo habitación con coreanos en desarrollo y teutones inocentes.


Durante los días con Chencho, los idiotas aprendieron un montón de cosas:

En Alemania la gente gusta de llevar a su perrete a todos los sitios, por dentro de las tiendas y eso, pero para no acumular mierda por sus calles han diseñado unas señales bastante gráficas con las que no queda lugar a duda: Prohibido echar más de tres pelotillas por defecación.



Como los idiotas son muy de tocarlo todo y romperlo, Chencho intentaba que no pisasen tiendas con este cartel a cambio de una cerveza y diez minutitos más de sueño cuando sonaba el despertador.


Con el objetivo de inculcarles cierto barniz cultural, les explicaba todos los murales aunque no acabasen de entenderlos muy bien y se lo tomasen a guasa.


Si se cansaba, pues les dejaba utilizar una audioguía siempre que fuesen gratis.


Si se portaban bien, les dejaba beber mostaza con un poco de bratwurst.


A veces Chencho permitía que los idiotas llamasen a cobro revertido para contar a su familia lo bien que lo estaban pasando.


También les llevó a jugar con los Lego, aunque nunca consiguiesen encajar dos piezas.


A pesar de que Chencho intentaba que pagasen su ticket para montar en metro, los idiotas se negaban a comprarlo y se tiraban todos los viajes sobeteando los asientos.


También se llevó a los idiotas de compras, a ver si amortizaba un poco el viaje dejándoles un ratito tirados en algún semáforo.



Y claro, con tanto ir y venir a los idiotas les salían pupas en los piés.


Pero no hay problema, ellos siguieron haciendo lo que estaba en sus manos para que todo el mundo se diese cuenta de que, efectivamente, eran gilipollas.



Al final todo salió muy bien y Chencho volvió con los dos idiotas más salvos que sanos. El problema es que al pobre hombre se le ha terminado pegando la tontuna, por lo que el año que viene los tres deberán incorporar a un cuarto elemento que cuide de ellos.

jueves, 19 de agosto de 2010

Los Flowers

El cabecilla de la familia Flowers trabajó duro toda su vida en el pequeño rancho que había heredado entre los ya abandonados escenarios hollywoodienses del lejano este almeriense. Le gustaba charlar con los forasteros y preguntarles si se limpiaban el Ohete cuando se iban a meter a la ducha justo después de pasar por la letrina. Él nunca lo hizo y de ahí sus andares de pistolero, sobre todo en verano cuando la entrepierna escocida y el picor le hacían cuesta arriba cualquier sendero.

El abuelo Flowers nunca ocultó la intención de que su hijo Brandon heredase el rancho familiar. Para ello le transmitió todos sus conocimientos en el arte de la caballería y la ingesta de Ruavieja.

Todos los veranos los Flowers pasaban la primera quincena de agosto en una casita que la familia de Pepu Hernández les prestaba para su recreo en un costero pueblo asturiano llamado Ribademierda.

El pequeño Brandon creció bajo las nubes veraniegas en lo que los lugareños se jactaban de considerar un terreno aún no conquistado. El clima venía muy bien para les entrepiernes, pero el pequeño Brandon no acababa de adaptarse. Los niños del pueblo le tiraban piedras y el fíu taba triste. Vamos, que no taba na contentu el nenu.

En un verano en el que la pubertad perpetua de Brandon le hacía echar más tardes encerrado en el baño que luciendo fardahuevos en la playa con los demás mozos, el patriarca de los Flowers animó a su hijo a que participase en la competición popular del descenso del río Sella.

Aquel verano la cosa se había ido de madre. El otrora idílico pueblo se había convertido en un desparrame de alcohol y basura en el que era imposible curarse la entrepierna. La gente sureña había invadido la zona y ante la falta de retretes aquella playa era un mar de minas con mojones que lanzados por las olas hacían muy incómodo el baño.

Centrándonos en la carrera, el pequeño Brandon había hecho un descenso impecable y llegaba al último puente en segundo lugar tras el favorito del público local,un asturiano llamado Pelayu Caleya. Ante esta amenaza, un ultra incondicional de Caleya que había pasado una animada noche en Arriondas decidió hacer el salto del ángel azufrado y placar la piragua de Flowers. El bacalilla perdió la vida en el acto y Brandon tuvo que conformarse con un segundo lugar del que nunca nadie se acordaría.

Decepcionado, muy decepcionado y con la entrepierna en costra blanda, el abuelo Flowers decidió que nunca más volvería a pasar las vacaciones en la costa norte. Pero aquel día, en la garita de la Cruz Roja, su hijo conoció a una enfermera en prácticas que declarole su amor incondicional y su intenciónn de formar una familia con él bajo su cenador de Carrefour. Era la primera vez que Brandon tenía contacto con el sexo opuesto y dado que el chico apuntaba más maneras de Brokeback que de otra cosa, el padre le insistió en que formalizase su relación y criase a sus hijos en una Quechua.

La mujer de Brandon siempre fue muy aficionada al bingo. Su sueño era tener uno para jugar gratis y por ello no dudó en enviar a su hijo a Las Vegas, Nevada, para que hiciese carrera en el arte del binguismo. Brandon no estaba muy de acuerdo en emplear el dinero de la venta del rancho de su difunto padre en mandar a su hijo a aquel lugar, pero tragó sin decir nada como cuando su mujer se comía todo el tomate de la ensalada (ella siempre fue de arrasar primero el plato común antes de empezar con el propio).

A los dos años de haber enviado al también Brandon a estudiar a Las Vegas la familia le había perdido la pista por completo. Ya no mandaba cartas con versos sin sentido y como el móvil no cogía bien cobertura en el pueblo, le dieron por desparecido.

Un día, metido en su Nissan Vanette, Brandon Senior perdió la frecuencia de Radiolé y de repente un locutor idiota de los 40 Principales anunció el primer hit en solitario de un tal Brandon Flowers. El viejo pegó un frenazo y escuchó aquel piano... ésa voz... ése falsete... Brandon había perdido por completo el acento asturiano.

Al investigar días después y verle vestido con un traje de plumas supo que su hijo había seguido el camino que él nunca se atrevió a recorrer. Eran igual de juláis. A la segunda generación, los Flowers por fin salieron del armario.

Por cierto, el disco era una puta mierda y a su madre no le gustó nada tener un hijo que en vez de cantar números cantaba como Mika.

En la imagen, los padres del exitoso vocalista de The Killers tras la noche en la que la buena cópula hacía guardar el calorcito con una toalla para que el embarazo fuese efectivo.

martes, 3 de agosto de 2010

PPSOE

En algún pueblo de la meseta norte han pensado que para repartir la mierda, mejor ponerla toda juntita.


Valencia de Don Juan (León)